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Francesc Eiximenis

s. XIV d. C. - s. XV d. C.
El fraile franciscano Francesc Eiximenis fue uno de los escritores más leídos, copiados, impresos y traducidos de nuestra Edad Media y, por lo tanto, también uno de los más influyentes. Sus obras eran leídas con avidez por reyes como Pedro III, reinas como María de Luna, la esposa de Martín I, por caballeros, por nobles y por miembros de casi todos los sectores de las clases urbanas.

Eiximenis nació alrededor del año 1330 en Girona. Ingresó muy joven en la orden franciscana. Después de iniciar su formación en las escuelas catalanas de la orden, estudió en las universidades de Oxford, quizás también en la de París y en la de Toulouse, donde en 1374 consiguió el título de maestro en teología. Volvió a la Corona de Aragón convertido en un intelectual de mucho prestigio, bien relacionado con la corte y con los ayuntamientos de Barcelona y de Valencia. La mayor parte de sus libros los escribió en la ciudad de Valencia, donde residió entre 1383 y 1408. Sus obras más destacadas son la enciclopedia del ‘Crestià’, un ambicioso proyecto, como lo ha definido A. Hauf, de suma teológica en lengua vulgar, que, por desgracia, quedó inacabado; el ‘Llibre de les dones’ [Libro de las mujeres], un manual de educación de las mujeres y al mismo tiempo una introducción a la vida contemplativa; el ‘Llibre dels àngels’ [Libro de los ángeles], un tratado de angelología donde abundan las reflexiones políticas, y la ‘Vita Christi’, una biografía de Cristo llena de anotaciones teológicas y de material contemplativo. Entre las obras latinas destaca ‘Ars praedicandi populo’, unas artes de predicación, y el ‘De Triplici Statu Mundi’, un tratado de carácter profético vinculado al Cisma de Occidente, de atribución a menudo muy discutida, pero que se cree obra suya. Eiximenis murió en Perpiñán el 23 de abril de 1409, es decir, el mismo día del año que Josep Pla, Miguel de Cervantes o William Shakespeare.

Buena prueba de su éxito son los doscientos manuscritos que conservamos de sus obras, junto con el ‘Psaltiri devotíssim’, el incunable de tirada más alta de la imprenta catalana, con dos mil ejemplares impresos, el doble que las dos ediciones del ‘Tirante el Blanco’ juntas (Valencia, 1490 / Barcelona, 1497). Una cifra más que respetable incluso en nuestros días. La difusión internacional de su obra la ponen de relieve, para citar sólo dos ejemplos, el ‘Livre des saints anges’ y la versión castellana de la ‘Vita Christi’. Con respecto al ‘Livre des saints anges’, traducción francesa del ‘Llibre dels àngels’ [Libro de los ángeles], no sólo fue un ‘best-seller’ de la imprenta francesa de los siglos XV-XVI, sino también el primer libro impreso en una ciudad tan importante como Ginebra, en 1478. La ‘Vita Christi’ castellana tuvo el privilegio de ser el primer libro impreso, en 1496, en la Granada acabada de conquistar por los Reyes Católicos.

Sus obras son una ventana abierta a las plazas, a las calles, a los obradores, a las tabernas y a la intimidad de los hogares de las ciudades medievales, lo cual les permite, por lo tanto, recoger el espíritu de la época. Por esta razón, A. Rubió i Lluch definió con mucho acierto a Eiximenis como el gran cronista de la vida popular de nuestra Edad Media. Libros que destacan también por el vigor, la riqueza y la vitalidad de la lengua, habilísima en la reproducción de los matices y las modulaciones del habla coloquial, pero también capaz de enfrentarse con éxito a las dificultades de la prosa especulativa o de la literatura devota y contemplativa. Además, Eiximenis destaca, como todos los buenos predicadores de vena popular, como gran narrador de historias, con una inventiva más que notable y una ironía finísima. No hay que olvidar, como recordaba Martí de Riquer en sus clases, que Eiximenis, en realidad, escribía para los pecadores y, si no hubiera sido ameno, los pecadores nunca lo habrían leído.

Durante mucho tiempo se ha tendido a creer que las causas del éxito y de la influencia de Eiximenis se deben al hecho de haber sido un excelente divulgador, en una prosa clara y amena como pocas, de la cultura escolástica y universitaria medieval. Eso es cierto, pero sólo hasta un cierto punto. Eiximenis había estudiado en algunas de las mejores universidades de Europa y tenía una biblioteca excelente y muy completa. Conocía, por lo tanto, las principales líneas de pensamiento de su tiempo. Su vasta obra fue, sin duda, un canal de penetración de la ciencia teológica, política y filosófica latina en la cultura en lengua vulgar de la Corona de Aragón. Fue capaz de hablar con competencia de temas tan diversos como los ángeles, el urbanismo, la sindéresis, los pecados capitales, las ciudades, las tentaciones, la pedagogía, la predestinación, el pecado original, la estrategia militar, la gastronomía, las virtudes políticas, la polémica con las religiones musulmana y judía, y un largo etcétera.

Sin embargo, no se limitó a ser un mero divulgador de éstas y muchas otras cuestiones. De entrada, cuando trataba un tema, estaba, a la fuerza, obligado a seleccionar una línea de pensamiento determinada y a descartar otras, lo cual en algunos casos hace de forma explícita y muy crítica. Además, divulga y recupera ideas y tradiciones antiguas de forma muy innovadora, como pasa en la extensa sección del ‘Ars praedicandi populo’. Esta obra está dedicada a las artes de la memoria, que recupera elementos de la tradición clásica latina de las artes de la llamada memoria artificial.

Otras veces continúa, y corona, con obras como la ‘Vita Christi’ o el ‘Tractat de Contemplació’ [Tratado de Contemplación], una rica tradición autóctona de literatura devota y contemplativa, representada también por autores como Bernat Oliver o fray Antoni Canals. Una tradición que a finales del siglo XV conectó con las corrientes de la ‘devotio moderna’ que llegaban del norte de Europa. Como representante más destacado de esta tradición, Eiximenis fue el único autor catalán y peninsular recogido en el ‘Exercitatorio de la vida espiritual’, fechado en Montserrat en 1500, que representó la entrada en la Península de los textos y de los autores más representativos de esta corriente europea.

Y a veces, sobre todo cuando trata temas de carácter político, Eiximenis, siguiendo líneas propias de la escuela franciscana, es capaz de presentar una doctrina política más original de lo que siempre se ha tendido a creer. Éste es el caso, por ejemplo, de la reformulación del ‘pactismo’ que Eiximenis ofreció en el ‘Dotzè del Crestià’ [Duodécimo del Cristiano], su gran enciclopedia política. Como muy bien ha dicho J. Sobrequés, ‘el pactismo catalán fue más bien una práctica que una teoría’, de manera que la propuesta de Eiximenis fue dar una base teórica a unas formas y a unas prácticas de gobierno preexistentes. Para él, el poder civil, o laico, no viene de Dios, sino de un pacto primigenio entre los miembros de la sociedad, que escogen una forma de gobierno –que no tiene que ser necesariamente la monarquía– y también unos principios de actuación política y unos gobernantes, que tienen el poder, pero que al mismo tiempo están obligados a respetar los pactos suscritos de forma libre por toda la comunidad. Si los gobernantes no respetan los pactos, los súbditos tienen el derecho, y la obligación, de exigir a las autoridades políticas su cumplimiento, y, si no tiene lugar el cambio de actuación política reclamado, los súbditos tienen también derecho a deponer a los gobernantes e incluso a optar por otras formas de gobierno. Eiximenis presenta, pues, en las páginas del ‘Duodécimo del Cristiano’ una teoría contractual del origen del poder civil, una teoría que no admite el tiranicidio, pero sí la posibilidad de deponer al príncipe, o al gobernante, que sea incapaz de respetar los pactos que le han permitido elevarse al poder.

Casi todas sus obras se escribieron durante el Cisma de Occidente (1378-1417), un periodo de profunda crisis religiosa a causa de la división de la iglesia entre dos o incluso tres papas. Durante estos años proliferó por toda Europa la literatura profética y visionaria, y Eiximenis no se quedó al margen. Admirador de Arnau de Vilanova, y lector de franciscanos espirituales como los occitanos Peire Joan Olieu y Joan de Rocatalhada, Eiximenis alimentó con sus obras las esperanzas milenaristas en el advenimiento de una nueva era. Según el ‘Duodécimo del Cristiano’, este nuevo tiempo tenía que empezar alrededor de 1400 y debía caracterizarse por una reforma radical de la iglesia, por la conversión de los infieles, por la caída de casi todas las monarquías y por la implantación en todo el mundo de lo que Eiximenis llamaba, siguiendo a Rocatalhada, la ‘justicia popular’.

Es muy probable que tanto sus ideas milenaristas como sus doctrinas políticas influyeran en los disturbios antijudíos y en las revueltas urbanas del verano de 1391. Razón por la cual, al final de 1391, Eiximenis tuvo que añadir en el ‘Duodécimo’, bajo la presión del rey Juan I, una retractación completa de sus propuestas proféticas y milenaristas. Al año siguiente, además, atenuó la radicalidad de las doctrinas políticas relacionadas con el pactismo en el ‘Libro de los ángeles’. A pesar de las retractaciones y las rectificaciones, las ideas milenaristas y la teoría política de Eiximenis continuaron teniendo lectores y seguidores más allá de su muerte. A principios del siglo XVI influyeron en las germanías valencianas y es probable que también lo hicieran sobre los comuneros castellanos. Su vena contemplativa, que a veces estaba conectada con la profética, continuó interesando, en parte por la afinidad con la ‘devotio moderna’, a los lectores de finales del XV y principios del XVI. Este interés es perceptible tanto en la Corona de Aragón como en Francia, en Castilla o incluso en Flandes, donde en 1518 se imprimió una traducción flamenca del ‘Libro de los ángeles’.

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