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La Conquista de la Cataluña Nueva, el Reino de Valencia y Mallorca.

s. XII d. C. - s. XIII d. C.
La Cataluña Vieja vivió, durante los siglos XII y XIII, una etapa de expansión política y territorial. En el norte, los soberanos catalanes ganaron la Provenza. En el oeste, por vía matrimonial, obtuvieron el reino de Aragón. Y en el sur, conquistaron a los musulmanes el resto del actual Principado, hasta llegar al Ebro, es decir, la Cataluña Nueva. Años más tarde, arrebatarían a los sarracenos Mallorca y Valencia.

A lo largo del siglo XII, el Casal de Barcelona impuso una política vertebradora e incorporó, por herencia, los condados de Besalú (1111) y de Cerdaña (1117-1118). Los condes también mantenían encarnizadas luchas contra los sarracenos: conquistaron Balaguer (1105) y repoblaron Tarragona (1131). Con el matrimonio del conde de Barcelona, Ramon Berenguer III, con Dulce de Provenza, la Cataluña Vieja se expandía más allá del Pirineo e incorporaba la Provenza marítima (1112).

Pocos años más tarde, en 1137, el rey Ramiro II de Aragón cedió la soberanía de su reino y la mano de su hija, Peronella [Petronila], al conde de Barcelona, Ramon Berenguer IV. Con la firma del pacto esponsalicio, el conde de Barcelona se convirtió en príncipe de Aragón. Esta unión, aplaudida por los nobles aragoneses, permitió que cada uno de los dos reinos conservara su personalidad política, sus leyes y sus costumbres. Lo cierto es, sin embargo, que los dos reinos obtuvieron beneficios económicos con la unión: Aragón aportaba una riqueza ganadera y cerealista. Cataluña, con su espíritu mercantilista, permitía augurar una fuerte expansión geográfica reforzada con la colaboración de las fuerzas militares de ambos territorios.

La voluntad de expansión territorial se vio alimentada por diferentes factores: el interés de los nobles por aumentar sus rentas, la superioridad militar de los reinos cristianos, que permitía augurar una campaña de éxito sobre las taifas musulmanas, y la justificación ideológica de la lucha contra los enemigos de la fe cristiana. Con este espíritu se emprendió la conquista de Tortosa (1148), Lleida y Fraga (1149), el castillo de Miravet (1152), que se cedió a los templarios, y otros castillos de la línea del Ebro. En 1153 se obtuvo Siurana y el resto de las montañas de Prades, último refugio de los sarracenos. De esta manera el Principado adquirió su extensión actual. A petición de Ramon Berenguer IV, en 1154, el papa concedió la unidad eclesiástica del valle del Ebro a la jurisdicción metropolitana de Tarragona, pasando a depender de ésta los obispados de Navarra, Aragón y Cataluña (salvo el de Elna).

Rápidamente, después de la conquista, se ejerció una política de repoblación y se aplicaron medidas de gracia. Ramon Berenguer IV concedió cartas de población y franquicia a Tortosa y Lleida. De esta forma, ambas poblaciones obtenían un régimen de libertad pública y civil.

Los sucesores de Ramon Berenguer IV, Alfonso el Casto (1162-1196) y Pedro el Católico (1196-1213), detuvieron el avance hacia el sur. Los dos monarcas tenían otras prioridades, como los problemas con Occitania y la remodelación del poder real. Respecto a la política interior, la segunda mitad del siglo XII fue un periodo de confrontación entre la monarquía, que quería ejercer un poder efectivo sobre la vida pública, y los nobles, que vivían una política de enfrentamiento con el fin de recuperar sus castillos o luchaban para que las asambleas de ‘pau i treva’ no se convirtieran en una herramienta de control del orden público por parte del monarca.

En el aspecto social, el siglo XII fue un periodo de continuidad. Dentro del orden feudal persistente, en la Cataluña Vieja, el campesinado vio cómo se agravaba su situación jurídica. Los campesinos estaban adscritos a la tierra, lo que les obligaba a pagar para poder redimirse y abandonarla. Por otra parte, en la Cataluña Nueva conquistada a los sarracenos las cartas de poblamiento y franqueza excluían la sumisión del campesinado a la servidumbre. El conflicto social, pues, estaba latente. Por una parte, el campesinado estaba interesado en la repoblación de las nuevas tierras que les garantizaban la libertad. Por otra, los señores de la Cataluña Vieja temían la pérdida de hombres y rentas.

Las ciudades, durante el siglo XII, crecieron y nacieron nuevas urbes. Aumentaban las actividades mercantiles y artesanas y el comercio catalán se expandía por todo el Mediterráneo. Se comerciaba con aceite, vino, tejidos, oro y esclavos, mientras llegaban especias desde Egipto y Siria. El incremento de la producción agraria y del comercio fue el detonante del crecimiento de los grupos urbanos que, en poco tiempo, adquirieron mucha relevancia.

Las rivalidades entre los condes de Tolosa y Barcelona, en Occitania, complicaban los intentos de un frente común contra la monarquía franca y, por lo tanto, las ambiciones de expansión de los condes catalanes estaban condenadas al fracaso. Fue, sin embargo, determinante para el futuro de Occitania la cruzada contra los cátaros (una secta religiosa que predicaba la virtud personal). Los cátaros ocupaban gran parte del territorio sur del reino franco. La Iglesia católica, con los barones del norte de Francia, querían imponer su dominio. La pérdida de la batalla de Muret, en 1213, en la que el rey de la Corona de Aragón, Pedro el Católico, perdió la vida intentando defender a sus fieles vasallos cátaros, cerró el periodo de presencia catalana en Occitania.

Cerrado el periodo de la Confederación con Occitania, los intereses de la sociedad feudal catalana se orientaron hacia el sur y hacia el Mediterráneo occidental. El hijo de Pedro el Católico, Jaime I (1213-1276), era todavía menor de edad y fue una etapa conflictiva a causa de las luchas de la nobleza en ausencia de una autoridad fuerte. Sin embargo, en 1225 el rey Jaime empezó una política de expansión exterior que apaciguó los enfrentamientos internos de los aristócratas catalanes.

En 1228, la corte de Barcelona avaló la iniciativa de la conquista de Mallorca. El 5 de septiembre de 1229, un grupo de ciento cincuenta y cinco embarcaciones partió de los puertos de Salou, Cambrils y Tarragona. Aunque la tormenta dispersó unas cuantas naves, otras llegaron a las playas de La Palomera, Santa Ponça, Sa Porrassa y Portopí. Los primeros en desembarcar fueron el conde Nunó de Rosellón y Ramon de Montcada. El 14 de septiembre, las galeras entraron en el puerto de Mallorca y asediaron la ciudad. La fuerte resistencia hizo que los catalanes no pudieran entrar en la ciudad hasta el 31 de diciembre de 1229. Hasta 1232 no se alcanzó la total ocupación y pacificación de la isla de Mallorca.

Barcelona y otras ciudades europeas celebraron la conquista de la isla de Mallorca, ya que desaparecía una base pirata situada estratégicamente en la ruta comercial hacia África del norte. Con el reparto de la isla entre los conquistadores, la nobleza y la Iglesia obtuvieron nuevos dominios y rentas. La isla se repobló en pocos años y se convirtió rápidamente en una plataforma importante del comercio catalán y del tráfico internacional de la época. Los sarracenos que habitaban Mallorca, y que no fueron exterminados, buscaron refugio en las montañas o en la isla de Menorca, que no fue conquistada hasta 1287. En cambio, Ibiza y Formentera serían conquistadas mucho antes, el 8 de agosto de 1235.

Una vez conseguida Mallorca, se reanudó la conquista hacia el sur peninsular, que era objeto de codicia desde el debilitamiento árabe de finales del siglo XI por los reinos de Castilla, Aragón y Cataluña. Los tres reinos llegaron a un acuerdo con Ramon Berenguer IV en 1151, el Pacto de Tudellén, según el cual Castilla cedía a la corona catalano-aragonesa los derechos de conquista en condición de vasallaje de los territorios de Valencia, Denia y Murcia.

En 1232, el rey Jaime I de Cataluña y Aragón, con la ayuda de tropas catalanas y aragonesas, emprendió la campaña militar de conquista del territorio, que después sería el Reino de Valencia. El conflicto se alargó hasta 1245, porque en 1244 se había firmado el tratado de Almizra con la Corona de Castilla, que ponía fin a la expansión peninsular. A pesar de las cartas de población que favorecían un rápido repoblamiento, el de las tierras valencianas fue mucho más lento que el de Mallorca. Incluso, en los últimos años del reinado de Jaime I (1213-1276), el Reino de Valencia estaba habitado mayoritariamente por musulmanes. Los repobladores provenientes del Principado ocuparon el área costera, mientras que el interior fue repoblado por ciudadanos del Reino de Aragón. Esta realidad dejó una huella que hoy en día todavía es visible en el habla mayoritaria de sus habitantes: catalán-valenciano en las zonas costeras y castellano en el interior del reino.

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